Salir de esa pobreza, que determina las condiciones de
salud, requiere tener acceso a la educación y terminar los 2 ciclos
obligatorios, porque completar la primaria no alcanza, pero en nuestro país
sólo el 44,7% de los jóvenes termina el secundario, y en la educación inicial,
si bien la matrícula creció un 24,2% entre 2001 y 2013, y en la sala de 5 la asistencia
es casi universal, y en la de 4 alcanza a 8 de cada 10 niños, en la sala de 3
casi la mitad no va a la escuela, y esta ausencia crece en algunas provincias.
Esto no sucede en el marco de un Estado ausente, sino en el más caro y grande
de la historia argentina, con una burocracia mórbida, con la mayor cantidad
proporcional de empleo público, en comparación con otros países sudamericanos.
La dotación de trabajadores provinciales aumentó 43% entre 2003 y 2014, y en
algunas provincias supero esa cifra: T. del Fuego (111%), Catamarca (85%),
Salta (68%), Chubut (64%), Santa Cruz (62%), Corrientes (56%) y B. Aires (55%),
y entre 1998 y 2014, el empleo privado aumentó 50%, y el público 85%.
Mientras tanto, en muchos barrios carenciados de la
Argentina profunda, y en hospitales y consultorios, un paciente ciudadano está
solo y a la espera de una revolución modesta, sin narrativa, épica
grandilocuente, ni relato emancipador: la de una gestión eficiente y sin
ficción marketinera, que ponga en marcha redes cloacales y de agua potable;
obras hidráulicas que le eviten inundaciones, ambulancias que puedan entrar a
su barrio y servicios de salud que lo atiendan en espacios y tiempos adecuados
y dignamente.
Ante indicadores de salud tan dispares, donde el lugar de
nacimiento puede definir el tiempo (y motivo) de la muerte, y “flotas”
aeronáuticas que parecen haber “eliminado” esas disparidades, los pacientes
ciudadanos están solos y esperan, no la reducción del Estado, sino su autentica
reivindicación: una gestión eficiente.
Fuente: Clarín - Por: Dr. Rubén Torres (Médico sanitarista-Ex superintendente de servicios de salud)